Animales que no lograron ser catalogados. Los malditos de Charles Darwin. Los olvidados de la ciencia.
La morcilla ha conseguido fotografiar a algunos de estos seres.



Recorriendo la ciudad en busca de curiosidades humanas y gastronómicas, aquí les dejamos algunas imágenes.
Se sentía atraída por su mirada. Había maldad. Horror.
Vivían en un cementerio de ausencias familiares. Entre tumbas de cristal y hadas de plástico.
Les gustaba mentirse. Hablar groseramente. Utilizar palabras prohibidas por los académicos.
Era un juego de seducción. Pero también de muerte. Y mucha miseria. Muchísima.
Tenían 18 años. Recién salidos del horno escolar. Los esperaba una ciudad que mutaba entre el capitalismo y el socialismo. Con millones de habitantes.
El hambre no se hizo esperar. Se les presentó como llagas en las manos, en los labios.
Los demás se les apartaban. Ellos daban asco.
–Lo nuestro es la simpática pobreza –dijo él, lamiendo tenazmente la espalda de ella, su pareja, su cadena.
Las nubes gritaban. Los automóviles le robaban un centímetro de vida diario al mundo.
El futuro parecía una mentira sensual. Pero inaccesible. Como toda modela o modelo de portada de revista semanal.
Eran amantes. Aguardaban la muerte. Tenían 18 años y muchas expectativas de rozar con lo anormal.
Pernoctaban en callejuelas. Cada noche rezaban al vacío. Al Dios de
Quisieron ayudarlos. Otros que no eran como ellos.
–Somos pobres simpáticos –susurró ella, levantándose la remera y exhibiendo sus senos.
Esos otros abusaban de ella.
–Me siento viva –decía, cerrando sus ojos de un celeste vespertino, casi naranja de crepúsculo cobarde.
Era un arrebato. Un manotón de ahogado. En piscina de oro. Todos pasaban al lado de ellos, los jóvenes de 18 años y a la vez ancianos de 18 años.
Morían los minutos dentro de relojes. A veces angostos.
–Me voy a reír –le dijo la chica, abrazándolo.
–Yo también.
Rieron durante años. Sus voces quedaron pintadas en los muros. Los que nadie prefería ver.
